CRÍTICO DE ARTE JESÚS MAZARIEGOS

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miércoles, 26 de octubre de 2011

Severiano Monge. HACIENDO CAMINO


Crítica de arte
Haciendo camino

Severiano Monge. Pintura. Bar Santana. Segovia. Hasta el 15 de noviembre.


Jesús Mazariegos

          Los pintores autodidactas son una raza especial de artistas que parece que para compensar los estudios de Bellas Artes que no hicieron están siempre ávidos de aprender y se fijan en los maestros y van y vienen y tienen siempre el ojo abierto y saben escuchar. Algunos de ellos, que han triunfado internacionalmente y han pasado a otros niveles más elevados de reconocimiento, no se ajustan exactamente a este esquema.
          Severiano Monge es el modelo perfecto del primer caso, siempre investigando, innovando, probando técnicas y recursos, aprendiendo de los demás, asociándose en colectivos de artistas y trabajando incansablemente por las ciudades y tierras de Castilla.
          En este momento en el que apunta hacia el hallazgo de un lenguaje personal, un ideal a mi juicio no tan necesario o al menos no tan urgente, mantiene varios registros perfectamente apreciables en las obras que expone en el Bar Santana. Desde el correcto convencionalismo del díptico nevado hasta los acueductos románticos y visionarios, resueltos con notable frescura, pasa por el paisaje urbano de grandes pinceladas y ajeno a los consabidos recursos del suelo mojado y cosas por el estilo.
          Una única objeción. El cuadro que representa gente sentada en una terraza, cubierto parcialmente por una emulsión roja transparente, me parece que es un cuadro que aguantaría bien sin esa especie de sirope de fresa y, en caso de no aguantar, ese no es modo de arreglarlo sino de disimularlo. Es este un recurso que repite en más obras y no deja de ser un recurso efectista y resultón pero que resta franqueza a la pintura.
          Me da la impresión de que ese afán de aprendizaje al que antes me refería está en contra de la búsqueda de un lenguaje personal o, mejor dicho, del hallazgo del lenguaje personal que Severiano Monge lleva dentro. Es posible que si se vuelve hacia dentro, si se olvida de recursos incorporados de última hora, encuentre su propio y verdadero camino y descubra su propia manera de hacer, su propio estilo.

Paco Sanchidrián. SERIES Y VARIACIONES


Crítica de arte
Series y variaciones

Sanchidrián. Pintura. Bar Santana. Segovia. Hasta el 30 de Septiembre.


Jesús Mazariegos

          Entre los pintores, como entre los músicos, es frecuente hacer variaciones sobre un mismo tema o motivo, variaciones que constituyen series más o menos largas, más o menos homogéneas y más o menos cerradas. Paco Sanchidrián ha especulado con cierta insistencia sobre un motivo o, mejor dicho, sobre una composición, en cuadros de formato vertical, con dos motivos recurrentes: en la parte superior una espacie de plantas acuáticas y en la inferior algo semejante a un amontonamiento de cosas de las que sólo se distinguen unos cuadros o marcos. Esto en el caso de ver los cuadros en clave figurativa. Si se ven como obras abstractas, la el motivo de la zona inferior sería como una zona de pinceladas con más entidad que el resto de  la obra, en las que se distinguen algunos signos en forma de cuadrado. Para el pintor debe ser algo así como lo espiritual y lo material, lo sublime y lo pedestre, o lo poético y lo cotidiano.
          Que en un cuadro abstracto aparezcan sugerencias de figuración suele ser bastante incómodo. Esto no ocurre en uno de los cuadros que, casualmente, es el más ancho y está colgado en medio de los demás. Este cuadro es más oscuro y carece de la sugerencia figurativa de la parte superior, lo cual se agradece, pues la composición adquiere una entidad definida y más concreta, sin fugas hacia estanques sugeridos ni hacia nenúfares dudosos. Es un cuadro que se afirma a sí mismo con mayor claridad. En este cuadro, el motivo inferior se siente más a gusto y recuerda aquellos parches característicos del Philip Guston de los años cincuenta. Es, por tanto, una abstracción con raíces en el expresionismo abstracto americano.
          Apostaría a que este cuadro que carece del motivo de la parte superior es posterior a los demás y fruto de una maduración sobre la interesante pero inconclusa experiencia de las demás obras. Tal vez Sanchidrián deba olvidarse de contenidos y significados y centrarse únicamente en la forma, en la pincelada, en el gesto, en la pintura como tal, en la vil materia. De ese modo, un día, el propio cuadro le revelará su significado.

Paloma Molla. iMÁGEN Y SUPERVIVENCIA


Crítica de arte

Imagen y supervivencia

Paloma Molla. Fotografía. Bar Santana, Segovia. Hasta el 31 de Agosto.


Jesús Mazariegos

          Si alguien diera en la idea de recorrer el mundo buscando en toda la superficie del planeta el objeto más bello que la naturaleza produce, es muy probable que acabara seleccionando flores. A lo largo de la Historia las flores han sido objeto de atención de las personas sensibles que las han cuidado y admirado, han adornado con ellas su cabeza o se las han ofrecido a los dioses.
          La pintura con temática de flores se generaliza en el Flandes del siglo XVII, como un género específico, como elemento simbólico relacionado a un tiempo con el goce de los sentidos y con la fugacidad de las cosas terrenes, como guirnalda que cobija a la Virgen o acompañando el cuerno de la abundancia en ‘Las tres gracias’ de Rubens.
          Las flores son símbolo de vida y, consecuentemente, símbolo de brevedad, de degradación y de muerte. Si retrato nació como deseo de sobrevivir en la memoria de los hombres, el retrato de una flor es un intento de retener su belleza, de detener la máquina del tiempo que todo lo desgasta, lo oxida y lo corrompe.
          Paloma Molla ha recorrido los prados y los jardines y se ha dejado atraer por el magnetismo de las flores para después adueñarse de un instante de su breve existencia. Las flores son caducas y fugaces, su aroma es impalpable y su imagen cambiante. Por eso Paloma ha retenido en su cámara la esbelta soledad del gladiolo, el rojo cenital de la amapola, la redondez horaria de la margarita y la dispersa luminosidad de las buganvillas.
          Son primeros planos de la cara de la flor, en medio de su entorno o realzando su prestancia según el grado de indefinición del fondo, consecuencia de la profundidad de campo, dependiente de la abertura del diafragma. Son flores, pues, sacadas de su contexto, del campo o del jardín. Hablando con más propiedad, son imágenes fotográficas de flores, en color e impresas en papel de considerable formato. Son fragmentos de lo bello que es el mundo liberados de la caducidad propia de lo vivo. Flores y frutos privilegiados, salvados del olvido por la mirada y la mano de Paloma Molla. Excelentes fotografías de flores y de frutos silvestres para tener cerca una ventana por la que mirar, a través de los ojos de Paloma, la belleza del mundo.

HOMENAJE A JOSÉ MARÍA HEREDERO


Crítica de arte
Homenaje a J. Mª Heredero

José María Heredero. Fotografía. Bar Santana. Segovia. Hasta el 31 de diciembre


Jesús Mazariegos

El Bar Santana hace un sencillo y merecido homenaje a José María Heredero, un fotógrafo de la época en que los fotógrafos sólo eran fotógrafos y no se empeñaban en ser artistas. La cosa está en que ser artista no es una cuestión de empeño sino de serlo o no serlo. He ahí la cuestión. Se puede ser fotógrafo o guarnicionero y  ser artista, y se puede ser pintor y no ser artista en absoluto. José María Heredero nunca se empeñó en que le llamaran artista porque lo era y le bastaba con ser fotógrafo para expresar su arte.
            Buena cosa es que la fotografía, amén de su valor testimonial e histórico, sea apreciada por sus valores plásticos y por el contenido argumental o simbólico que se logra a partir de las imágenes recogidas por el objetivo de una cámara. El objetivo de José María Heredero era viajero, más de cercanías que de largas distancias, viajero y caminante, buscador de luces y penumbras, localizador de figuras poderosas, de paisajes capaces de conmover el ánimo, de anécdotas con miga, de nuevos y definitivos amigos, de despedidas al atardecer y de despertares al alba.
            Pero había una segunda fase en la que Heredero era un maestro y un permanente investigador, el laboratorio. Allí hacía nacer al mundo del papel en blanco y negro, las cosas tal y cómo la cámara las había visto, o bien las sometía a diversos tratamientos y procesos, muchas veces de resultado incierto, llegando a intervenir sobre la imagen, en mayor o menor grado, hasta el punto de crear una nueva realidad que es la que ahora podemos ver en el bar Santana.
            Recuerdo los barrenderos al contraluz de la mañana en la calle Escuderos, un grupo de chopos bajo una especie de aurora boreal provocada, la figura humilde e inmensa de Agapito Marazuela; las gitanas, siempre tan fotogénicas; el anticuario chamarilero o los tratantes bajo el acueducto. Y el paisaje; solitario y sonoro como el del Eresma haciendo ondas concéntricas o con esos paseantes cuya pretendida mimetización otoñal pregona su reciente descanso y no desmiente un encuentro amoroso. O el paisaje urbano de un pueblo andaluz, donde el sol hace brillar el empedrado bajo la cegadora blancura de los encalados muros.
            Esta es una buena manera de recordar a José María Heredero y de honrar su memoria. Pero no es la única. Que cunda el ejemplo.

Jose Luis López Saura. ¡QUE VIENEN LOS INDIOS!


Crítica de arte

¡Que vienen los indios!

José Luis Saura. Pintura. Bar Santana, Segovia. Hasta el 15 de Octubre.




          Al pasar por la puerta del Bar Santana, hace días que vi de refilón unos cuadros con indios y la cosa me pareció un poco fuerte; la presencia de esas imágenes potentes e inusuales me pareció chocante y extraña, me recordaron las carteleras de cine de mi infancia. Me di cuenta de que ya no hay películas de indios, de que casi siempre eran los malos de la película, de que los indios de verdad han sido los grandes perdedores de la historia de Norteamérica y de eso hace muy pocos años.
          De modo que empecé a pensar que los indios estaban ahí con todo derecho y que era mi memoria la que les había abandonado. Corriendo los tiempos que corren, recordar el genocidio del indio americano y la desaparición de su cultura, me hace pensar en que la inmoralidad del hombre blanco sigue intacta; en todo caso más repugnante porque ahora se reviste cínicamente de ayuda y de liberación.
          Esos indios que miran cómo tomamos una cerveza, son como una denuncia a Occidente, al capitalismo salvaje y ciego que está cavando su propia tumba destruyendo el planeta. Una de las pocas cosas serias y coherentes que he leído del mundo del ecologismo es esa famosa y sabia carta sobre la conservación, de la que no recuerdo los datos pero sí la validez que hoy tiene. ¿La habrá leído Bush? ¿Sabrá que existe? ¿Sabrá algo de los indios? Mejor que no, por el bien de los que quedan.
          Estoy seguro de que José Luis Saura (Madrid, 1956) no pinta indios porque sí. Él, como tantos, debió captar la injusticia de las películas del Séptimo de Caballería, donde no quedaba muy convencido de que los que ganaban fueran los buenos, y se interesó por los de verdad, tan cercanos aún, que existen fotografías de varios de sus jefes.
          José Luis Saura, muestra con la inmediatez del fotorrealismo, también llamado hiperrealismo –movimiento que nació en las grandes carteleras de cine- los retratos del jefe cheyenne Dos Lunas y del jefe sioux Nube Roja. Toro Negro aparece de perfil, hermanado con el cielo, igual que el guerrero comanche se hermana con el paisaje que está a punto de dejar de pertenecerle. Logrados son los efectos de luz del perfil del indio Chipewa, como la escala de grises de la india arikara, como los colores del guerrero crown a caballo.
          A veces, cuando lo que se hace no es abundar en lo obvio ni insistir en lo evidente ni clavar siempre el mismo clavo, puede parecer que está uno fuera de órbita, fuera de la moda, fuera de lo políticamente correcto. José Luis Saura no está marcando los futuros caminos del arte, pero, en su intempestividad está su oportunidad y su gracia. Su pintura es un aldabonazo a la conciencia, para quien quiera entender.

Fran Orcajo. SOLO EN LA CIUDAD


Crítica de arte

Solo en la ciudad

Francisco Orcajo. Óleos. Bar Santana. Segovia. Hasta el 31 de enero.


Jesús Mazariegos

     Por primera vez muestra sus obras Francisco Orcajo (Segovia, 1975). Señal de humildad y de sabiduría es empezar por colgar los cuadros en ese ‘narthex’ para catecúmenos que es el Bar Santana, sala multiusos que acoge y difunde jugosos acontecimientos para el ojo y para el oído, sin los que no se podría escribir la historia de la cultura contemporánea en Segovia.
     El Bar Santana, con ese aire a caballo entre antiguo café y taberna andaluza, es un pequeño santuario de la música y de la plástica, un ruedo que igual acoge capeas de novilleros neófitos, que alternativas de matadores temerarios, que tampoco faltan. A veces muestra también la solera y el toreo estatuario de maestros sobrios y maduros a los que no les importa torear en plazas pequeñas y sin picadores. Mesa buena, pues, la del Santana, que ofrece en su menú una fiesta para cada sentido.
     La actual muestra de Francisco Orcajo, con sus ocho únicos cuadros, no puede tener una mayor coherencia temática: todos son paisajes urbanos y todos respiran la misma vaporosa magia, la misma contención, el mismo ambiente entre onírico y cotidiano. Desde el punto de vista formal, salvo una de las obras que acredita ser la más antigua por la mayor dureza de perfiles y modelado, el aspecto general es el de una pintura atmosférica, de luces tenues, perfiles matizados y tendencia al color conjunto. Unas veces deja ver la franqueza de su ejecución, como ocurre en ‘Atocha’ o en ‘Hotel Los Arcos’, y otras se aprecia el fruto de una compleja elaboración a base de veladuras y frotados, sin caer en la minucia ni en la floritura y conservando siempre ese sumario modelado del que procede buena parte del misterio y del encanto de estas obras.
     Por lo que acabo de decir respecto al ‘cómo’, algo puede intuirse sobre el ‘qué’. El paisaje urbano de Fran Orcajo no es la visión localista y abigarrada de los lugares comunes y rincones típicos con gitanas y castañeras, sino una expresión rigurosamente contemporánea de la ciudad. Yo diría que estos cuadros dejan sentir la invisible oscuridad que se oculta tras los neones y el gélido silencio que acaba sofocando los bullicios.
     El pintor ha sorprendido a la ciudad en momentos no sé si mágicos o terribles, en horas nocturnas, cuando el último transeúnte sin rostro está a punto de ocultarse (‘Coliseum’); en la antesala del amanecer, cuando la claridad del alba deja ver el perfil amenazador de los grandes edificios de oficinas. Bajo la luz incierta de la madrugada, el atasco de coches expresa la soledad y el aislamiento de sus invisibles ocupantes (‘Torres Kío’). Estos cuadros reflejan momentos reales y concretos, pero la forma de tratarlos los convierte en paradigmas de la soledad del hombre contemporáneo, del desamparo ante la amenaza de los poderes humanos, ante el olvido de Dios y ante la fría indiferencia del cosmos.
          Todo este mundo hunde sus raíces en la pura realidad cotidiana y en diversas tendencias de la pintura norteamericana. Aunque el espíritu urbano del Pop estaría detrás de los anuncios de neón, las calles desiertas y las fachadas de los cines enlazarían más con ciertos pintores fotorrealistas, si bien la ciudad de Fran Orcajo es próxima y real y su tratamiento es mucho más pictórico.
          La otra referencia que nutre esta pintura, es esa sensibilidad amiga de los bares vacíos a punto de cerrar, de las habitaciones de hotel, del despertador de Sabina a las seis de la mañana, con resonancias en la sosegada obra de Edward Hopper. Sin embargo, aunque la influencia del pintor americano muerto en 1967, constituye hoy una verdadera corriente, a veces demasiado fiel al maestro, en los cuadros de Fran Orcajo no se ve ningún rastro de Hopper, sólo se adivina la respiración común de los hombres y mujeres que habitan la ciudad, allí testigos de la noche desde la barra de un bar, y aquí encapsulados en su automóvil, solos, incomunicados. Pintura densa y silenciosa entre el ruido de los vasos. No importa.

Diego Etcheverry. JUGOLÍN


Crítica de arte

Jugolín

Diego Etcheverry. Dibujos sacados por impresora. Bar Santana. Segovia. Hasta el 31 de agosto.


Jesús Mazariegos

          “Jugolín te caga la vida”. Éste es el título del último de los trece dibujos que constituyen la exposición de Diego Etcheverry (Salto, Uruguay, 1973) en el Bar Santana, donde los guerreros intergalácticos y los humanoides deben encontrarse como en su propio ambiente, casi como en casa. Ignoro si “Jugolín” es un bebedizo euforizante o un ciberjuego o, tal vez, de un ‘kit’ compuesto por ambas cosas, pero de lo que estoy más seguro es de que expresa con absoluta claridad cuál es la única oferta de futuro verdaderamente creíble.
          Poco a poco, se va generalizando la estética de un mundo dominado sólo por la fuerza, un mundo de seres que apoyan su poder en sus armas y cuya bizarra belleza los asemeja a lo que tradicionalmente se tuvo por la personificación del mal. Lo peor de todo esto es que cada vez es más normal porque el mundo real cada día se parece más a un imperio regido por el príncipe de las tinieblas.
          A lo largo de los últimos años, en los sótanos de los estudios de publicidad y de diseño, ha ido creciendo y multiplicándose una raza descendiente del ‘underground’, que unas veces describe el mundo rudimentario y violento posterior un holocausto nuclear planetario, y otras ofrece la alternativa de sociedades más avanzadas en las que el dominio tecnológico es quien legitima la fuerza, justifica el poder y avala la verdad.
          Esta segunda opción es la que Diego Etcheverry desarrolla en nueve de sus dibujos. Diego es uno de los últimos artistas afincados en Segovia, un artista de amplísimo espectro, que donde mejor se mueve es en el diseño, donde domina una línea nítida y segura y, al mismo tiempo, vibrante.
          Lo que hace unos años pertenecía en exclusiva al mundo de la fantasía, gracias a Bush y a sus acólitos, o sea, monaguillos, se va pareciendo cada vez más a la realidad. No me refiero a que ahora los soldados luzcan en sus cabezas cascos de diseño galáctico o que se hayan metamorfoseado en pájaro o en mosca, sino que el poder personal basado en la fuerza de la tecnología y en la idiotización y consiguiente neutralización de la sociedad, mediante el dominio de los medios de comunicación, es algo que se está dando en el mundo occidental como antesala al advenimiento de alguna nueva modalidad de fascismo, aún difícil de caracterizar pero fascismo al fin.
          No debe entenderse que Etcheverry es un propagador de tal doctrina sino que, a veces, el arte, prevé la realidad antes de que ésta se manifieste. Como la crítica de arte es un género que no tiene por qué decir verdades objetivas, confiemos en que todo sea un reflejo del tedio de agosto y que el crítico se equivoque, salvo al decir que Diego Etcheverry es ya un gran artista y promete mucho más, y en que sus heroínas galácticas, podrían, tal vez, ejercer su poder, pero sólo en la intimidad.

Domngo Otones. UN PINTOR DE INFANTERÍA


Crítica de arte

Un pintor de infantería

Domingo Otones. Pintura. Bar Santana, Segovia. Hasta el 15 de julio




          Si los pintores y las pintoras fueran ordenados y jerárquicos como los militares y llevaran divisas para lucir su rango, en Segovia habría un par de comandantes o tres, con tres pinceles en la bocamanga. Los capitanes y tenientes, llevarían dos pinceles, y lápiz sobre pincel respectivamente. Los brigadas, que siempre han ido a su bola, llevarían una brocha en la bocamanga del guardapolvo. Los sargentos lucirían con orgullo sus dos lápices, que se quedarían en uno para los cabos. Los soldados llevarían resignadamente una goma (de borrar) como divisa.
          Naturalmente, los de rango inferior deberían saludar a los de rango superior y decirles ‘da vuecencia su permiso’ y cosas así. Y tendrían inmensos estudios y camiones para andar de un lado a otro con los cuadros, y el día de San Lucas saldrían en manifestación no autorizada pero bien en filita, caballete al hombro, y la gente los respetaría un montón.
          Pero resulta que los pintores no son gente de orden, les importa poco la jerarquía y no suelen ponerse de acuerdo en casi nada, así que no hay forma de clasificarlos, pues su hoja de servicio consiste en listas de exposiciones y bibliografía de las maravillas que les escriben los críticos, pero en ningún sitio dice con claridad si pintan bien o mal ni cuantas horas de pintar tienen.
          En el Bar Santana, que no es necesario decir que es algo más que un bar, expone un artista de infantería llamado Domingo Otones, un suboficial de infantería, castrense puro en versión pintor, no sé si legionario o guerrillero del pincel, hombre que vive intensamente la pintura, sin alardes ni alharacas, pintor de base que trata de violentar las bases de la figuración.
          No hace mucho que Domingo pintaba unos personajes de piedra que conectaban con una etapa temprana de Francisco Lorenzo Tardón y con la obra de Antonio Pitxot, sin que Domingo conociera esta última. Ahora ha vuelto a la estricta figuración y lo mismo nos ofrece la convencionalidad de dos jugosas manzanas, que la heterodoxia de una joven en antifaz y ropa interior, ninfa urbana y hasta doméstica, en un mundo donde es difícil reconocer a las de los bosques y las fuentes. Contemporánea es también la baconiana deformidad de un rostro femenino en trance de perder su identidad por descamación progresiva de su epidermis y pérdida de su memoria.
          Los bodegones, dentro de su clasicismo, apuntan admiraciones por Cristóbal Toral, no tanto en las magníficas maletas como en el fondo de manzanas cósmicas. Pero Domingo Otones nunca deja de ser él mismo, como cuando incluye la cazadora de cuero junto a los objetos convencionales de una naturaleza muerta; afirmación contemporánea y de relativa marginalidad que armoniza con la música, con el público y con el aire de esta sala multiusos pero con clase y solera, llamada Bar Santana.

Carlos Caranci. BUENOS GENES


Crítica de arte
Buenos genes

Carlo Caranci. Pintura. Bar Santana. Segovia. Hasta el 30 de abril.


Jesús Mazariegos

Es muy vieja la pregunta de si el pintor, el músico, el masajista o el guarnicionero, nace o se hace. Ciertamente nadie nace con algo sabido sino que todo hay que aprenderlo, pero los genes son los genes y, lo mismo que uno hereda del padre la nariz, los andares o las manías, también puede heredar la capacidad para arreglar enchufes, hacer el payaso o pintar. Si a eso le unimos el aprendizaje, los medios y el ambiente favorable, no debe extrañar que a Carlo Caranci Sáez, que estudia Historia del Arte, le dé también por pintar. Es lógico porque su madre, Carmen Sáez, es una gran ilustradora de libros, y su abuelo es nada menos que el gran pintor de la neofiguración española Fernando Sáez.
          No es que el nieto imite al abuelo, lo cual, dadas las circunstancias, no sería mala manera de empezar. No lo imita pero se ve que lo respeta y lo admira, se ve que ha estado en contacto con esos seres cuya materialidad emerge desde el fondo del cuadro, definidos por una acumulación de leves huellas, con esos medio-hombres que no sabemos si producen terror o inspiran compasión, con esas piltrafas humanas en las que siempre se descubre un punto de ternura.
          Algunas figuras de Carlo Caranci están como encajadas en el cuadro, como plegadas en ángulos rectos de modo que semejan un muro cuyos sillares son las diversas partes del cuerpo, pero lo que más llama la atención, en lo que a la herencia se refiere, además de la temática antropomórfica, es esa manera de dibujar con el pincel, a base de pequeñas pinceladas discontinuas, en forma de coma, como la mano del personaje del cuadro de la chimenea.
          Pintura con un aire de madurez prematura que rinde tributo a sus raíces. Tal vez, a partir de aquí, bajo cada músculo, bajo cada axila, bajo cada rizo, se libere la angustia que sus figuras encierran y Carlo irá descubriendo su propio camino. Para ello, medera de pintor no le falta.

martes, 25 de octubre de 2011

Boa Mistura. PINTURA JOVEN


Crítica de arte

Pintura joven

José Luis Rubio. Pintura. Montón de Tigo, Montón de Paja, Segovia. Grupos Boa Mixtura y DGP. Pintura y graffiti. Bar Santana. Segovia. Ambas hasta el 30 de septiembre.



Hablemos de pintores jóvenes en su persona y en su pintura. Uno de ellos es José Luis Rubio y expone en solitario en ‘Montón de trigo, montón de paja’. Su estilo es sutil y elegante, que no significa relamido ni adornado sino todo lo contrario. A los que esperábamos que la niebla de sus cuadros estuviera a punto de ocultar el perfil de los edificios en un cuadro casi monócromo, nos ha sorprendido por el colorido y la luminosidad. Sí conserva su preferencia por los perfiles arquitectónicos, casi todos de la catedral,. Sus motivos son sumarios, resolutivos, frescos y llenos de color, de modo que la niebla se ha disipado y José Luis Rubio nos ofrece un optimista regalo para el ojo y el alma.
          Otros artistas jóvenes exponen en el Bar Santana. Son algunos de los participantes en el tercer evento del graffiti celebrado en Cantimpalos los días 17 y 18 de septiembre, gracias a la iniciativa y el esfuerzo de Abel y al apoyo del equipo de gobierno municipal.
          Los jóvenes artistas pertenecen a dos colectivos: ‘Boa mixtura’ y ‘D.G.P.’ (nada que ver con la Dirección General de la Policía… ¿o sí?). Al primer grupo pertenecen Derco, que presenta un cuadro matérico con objetos, no muy nuevo y algo excesivo; Pah G es el autor de un equilibrado collage con dripping; Purone pinta un monstruo un poco virtual, sin pelos ni babas, que es como antes eran los monstruos; r Dick presenta un impoluto y contundente collage de cartón acanalado, y Arcoh presenta, a mi juicio, la obra más interesante, sobria en elementos y colores, inteligente e irónica, especulando entre la ficción de lo real y la ficción de lo ficticio.
          Al grupo D.G.P. pertenecen, nombrados también con sus nombres de guerra, Nava, que convierte su firma en una nube ondulante y vaporosa;  el gran Basto, que mantiene el misterio de lo representado, aunque lo deja intuir, y Asco, que ironiza laureando a una máscara antigás con una guirnalda de hojas mucho más fasciculadas y efectivas que las de laurel. Vota Dier, que va por libre, suele prodigar los iconos de masas, pero en el cuadro del Santana me recuerda a Fautrier.
          Por sus años de existencia, el graffiti no puede ser sino joven y, aunque parece lógico y comprensible que, a cierta edad, se deje la calle por la galería y se lleve a los hijos al colegio, es posible que, como ya ocurre con los viejos moteros, las próximas generaciones puedan ver a estos mismos grafiteros, en su ancianidad, pintando una vez más los testeros de las casas de Cantimpalos. No nos dieron esa oportunidad Jean-Michel Basquiat y Keith Haring, que pasaron demasiado pronto a las galerías y a los museos y también dejaron el mundo prematuramente, engrosando el santoral del arte con celeridad sólo superada por algunos casos del santoral propiamente dicho.

Alejandra Gutiérrez. LO BELLO QUE ES VIVIR


Crítica de arte

Lo bello que es vivir

Alejandra Gutiérrez. Pintura. Bar Santana, Segovia. Hasta el 1 de Junio.


Jesús Mazariegos

          Un día, no recuerdo bien si en el sombrío patio de la casa de Antonio Machado, si entre estanterías de viejos libros o si al término de una interpretación callejera de ‘La Bandeja’, entre los acordes del saxofón y del trombón de varas, o tal vez en una circunstancia que nada tiene que ver con lo que acabo de decir, un luchador contra la adversidad que aún no había terminado de escabullirse del acecho de la muerte, me dijo de buenas a primeras: “La vida es maravillosa”.
          Está demasiado bien demostrado que no siempre es así, que sobran las excepciones, pero esa actitud vital me parece ejemplar. Lo recuerdo ahora porque pienso que cualquier momento es bueno para hacer presente tal artículo de fe y repetirlo como una jaculatoria. He visto niños jugando en la calle libremente, he visto parejas de enamorados en las terrazas, y he entrado en el Bar Santana, el de Quique y Jose, el de los conciertos y las patatas al ajillo, y he percibido en los cuadros de sus paredes una Segovia vaporosa y multicolor sin detalles ni pormenores, resumida en sus elementos, una Segovia en grandes planos de cromáticos pero con una respiración que me dice que la vida sigue.
          Alejandra Gutiérrez interpreta la ciudad. Unas veces disuelve los perfiles y deja libres a los colores hasta el punto de que la arquitectura se torna algodonosa y frágil, más ligera en todos los sentidos,  es decir, menos pesada y, sobre todo, menos grave. Alejandra nos dice ‘Segovia es maravillosa, no solo de vista’. Alejandra se olvida -hace bien- de toda la podredumbre que se escode detrás de los muros, detrás de las ventanas y debajo de las ropas. Alejandra está aprendiendo y tiene algún fallo que superará sin duda, porque sabe escuchar. Entre tanto, hace muy bien en pensar que la vida es maravillosa. Yo también lo creo.