CRÍTICO DE ARTE JESÚS MAZARIEGOS

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jueves, 3 de noviembre de 2011

La Uña Rota. ESTO ES LO QUE HAY QUE LEER PARA PRESENTAR LA CAJA NEGRA

ESTO ES LO QUE HAY QUE LEER PARA PRESENTAR LA CAJA NEGRA MARTES 21 de septiembre Tengo que presentar una obra colectiva de unos jóvenes a los que desconozco en su mayoría. Espero que después de esto me presenten por lo menos a las chicas. A algunos de ellos los conozco de su época de instituto. A Arcadio le envidiaré siempre porque tuvo el valor de pedirle un autógrafo a Tàpies. Y Tàpies se lo firmó sin pestañear. No sé muy bien si son los editores, los autores o ambas cosas. Nuestra relación se basa en el desconocimiento mutuo, como la que tengo con el pirata que me copia los cedés. No lo conozco, de verdad (por si acaso). La verdad es que no saben el riesgo que corren ni a lo que se exponen. Me decía Ramón Mayrata que, cuando a alguien se le coloca una cara, debe resultar más difícil ponerle verde. La verdad, será mejor que no me presenten a nadie antes de la presentación. Tengo vagas informaciones sobre alguno de ellos pero, o bien utilizan nombres falsos, o tienen unos nombres verdaderos que no lo parecen, como el tal Garguiulo, que se hace pasar por argentino; la verdad es que imita muy bien el acento. Hace días que Carlos, ese chico tan amable de los de La Uña Negra, digo de La Uña Rota, me dijo lo de la Caja Negra (como para no confundirse). He (h)ojeado con hache y sin hache la supuesta caja pero no he leído más de dos párrafos. Estos chicos son los mismos de hace dos años, más o menos, pero sigo sin conocerlos. Han vuelto a pedirme, encargarme, mandarme u ordenarme, que vuelva a presentar, ya no la Caja Azul, que al fin y al cabo era caja y era azul, sino La Caja Negra, que ni es caja ni es demasiado negra. En realidad es una libreta de espiral con muchas más hojas blancas que negras. La cosa puede disculparse porque los negros tampoco son suficientemente negros como para merecer tal nombre. Los blancos ni siquiera son escasamente blancos. Son rosas, como yo. Lo que pasa es que el etnocentrismo y el machismo no han sido capaces de encajar que tengamos un color tan cursi y que además rime con mariposa. A lo que iba. Resulta que la caja en cuestión carece de la condición de tal. No posee cajura ni cajismo alguno. Su negrura, por otra parte, no deja de ser incompleta y relativa. En consecuencia, el nombre más adecuado que podría asignársele sería El Cuaderno Gris, pero como los catalanes siempre van por delante, parece que no había más remedio que acabar llamándola como se llama. Su punto más común con el aparato que tienen los aviones para recoger las conversaciones que luego sirven para ser manipuladas por la CIA y ocultar las verdaderas causas de los accidentes, es una libretilla roja en cuya contraportada reza: "GRABACIÓN DE VUELO. NO ABRIR", que es lo que pone en la portada pero en inglés. Esto de la libretilla, de la bolsista de plástico concebida para dedos ágiles y lo de poner encima "ÍNDICE SÓLO PARA DESORIENTADOS", no me produce un gran entusiasmo porque me obliga a reconocer que soy un desorientado total, de modo que no sé qué hago yo explicando lo que no entiendo, comentando lo que no he leído y presentando a quien no conozco. Además estas cosas son más propias de José Antonio Abella y de Ignacio Sanz, que escriben como es debido, poseen un timbre de voz eufónico y entonan de modo cadencioso y musical. El viernes pasado, en Santiago, cené al lado de Municio e intenté sondearle, pero, como es natural, no se dejaba. En realidad a mí tampoco me gustan esas cosas, por lo que decidí preguntarle directamente. Confirmando mi sospecha, me dio a entender, que el tal Moncada no está loco de encerrar, lo cual, no por esperado fue menos decepcionante. A mí me hacía ilusión que fuese un loco auténtico, matriculado y con carné, y que enviara sus escritos por el fax de una enfermera libertina. Lo que no recuerdo bien es cuál fue exactamente la causa del repentino acceso de risa de Municio, una risa explosiva a consecuencia de la cual se produjo el disparo de un berberecho que fue a parar al canalillo de la exuberante dama que acompañaba a un conocido galerista segoviano, cuyo nombre no revelaré para no levantar sospechas y para no perjudicar a un hermano suyo que es el que proporciona los teléfonos, por lo que no quisiera incomodarles, que nunca se sabe. Canalillos aparte, no voy a tener más remedio que leerme todas las calenturiencias que la caja-libreta contiene. (Creo que acabo de inventar una palabra y de emitir una opinión temeraria y posiblemente errónea). Inconscientemente asocio la última adolescencia y la juventud con la cabeza entendida como un hervidero. Ah, la palabra, calenturiencia: dícese de aquella idea o conjunto de ellas, generalmente expresadas mediante la escritura, surgidas de la actividad de una mente calenturienta o de una imaginación febril y desmedida hasta el punto de rozar lo enfermizo, y que, por lo general, suelen derivar en afirmaciones o propuestas disparatadas. Así, antes de leerlo, veo una cierta contradicción entre lo que presumo un contenido críptico y algo visionario, y un título de connotaciones tecnológicas y, si me apuras, hasta americanas. Porque la caja negra, que no sé de qué color será en la realidad, no se llama negra como reivindicación africanista, o por contener una lista negra, o por ser una prolongación de La Mano Negra; ni siquiera se llama negra en alusión a las circunstancias catastróficas relacionadas con la muerte, en medio de las cuales tal artefacto se pone de actualidad. Quizás la coherencia de esta libreta que se hace pasar por caja (no para pagar), resida en una circunstancia que es común con la de los aviones siniestrados: por fuera pueden ser del color que se quiera, porque su verdadera negrura está dentro, en forma de últimas palabras angustiosas o desesperadas. Al menos el interior de la libretilla roja posee ingentes cantidades de negrura vital y de esa clase de desmesura que invariablemente desemboca en la angustia de no poder alcanzar la frontera ni rodear la ciudad por estar inexorablemente condenados a perderse. La naturaleza de la experiencia kafkiana puede experimentarse también regodeándose en la demolición, que es otra manera de mirarse al espejo. Menos mal que en la última página Walter Benjamin parece prometer orientación para quien lee los rótulos y escucha los murmullos del aire. Leeré los artículos, miraré con atención los dibujos y las fotos, y trataré de orientarme por las calles que van entre las líneas. No puedo más. Estoy dormido. Miércoles 22 Voy por la página 53. Escribiré lo que me sugiere antes de que me vuelva a vencer el sueño. Carabias es un monstruo poético capaz de hacer accesible lo complejo. Su caja es un pentágono irregular susceptible de ser tejado de mezquita, contradicción de la perspectiva o geometría escolar en medio de una ciudad en la que habita el alma de Paul Klee. Los espacios de Carabias poseen una ambigüedad sólida porque se asienta sobre la llamada Ley de Basardilla, basada a su vez en la neta y contundente afirmación de una única norma consistente en la negación de todas las demás. La imagen de la Caja de Carabias no sólo no se ajusta a criterios básicos referidos a las convenciones que rigen la representación del espacio, sino que, en el contorno del dibujo, en las supuestas aristas, y en los arquillos de sus ángulos, es completamente blanca, hasta el punto que todo parece indicar que sólo se trata de un polígono transparente o, si se prefiere, hueco, por el que puede verse el fondo a través del vacío encerrado entre sus lados. Pero si la imagen de la caja, en su planitud y ausencia de corporeidad, es imposible que contenga nada corpóreo, verdadero ni ficticio, la libreta real contiene no pocas irrealidades totalmente tangibles. Nada más empezar el relato de Municio me doy cuenta de que la tarde nublada que me acompaña es la que el relato necesita y, a medida que leo, voy cayendo, con cierta complacencia, en brazos de la melancolía. No tardo en creer a pie juntillas que la historia es real y que le ocurrió al autor en la ciudad que no diré. Es más, pronto suplanto al autor y asumo como propias sus tesis sobre lo mala compañera que es la felicidad. No lo hay como la decepción y la derrota. La ciudad, la ciudad,... habla de la ciudad. Pero la ciudad es sólo el telón de fondo de una historia de amor y desamor libre de los elementos prosaicos de la convivencia y de la cotidianeidad. Me reafirmo en la autoaplicación del relato a mi sustrato adolescente cuando percibo la absoluta realidad del olor de una tarde de tormenta en El Havre, que ni es la ciudad a la que José Antonio se refiere ni he estado en ella jamás, pero he respirado los anocheceres estivales de sus calles detrás de Lucette y de Marie. El paraíso perdido sólo es bueno para pensar en volver. Volver como un loco, dice el autor del relato. Volver también es huir. Sospecho que no es éste el único caso que propone la huida de la ciudad, la huida de la realidad. El recuerdo de un paraíso real o ficticio no es más que una afanosa reconstrucción a partir de la propia ruina; una reconstrucción que no consigue llegar a ser decorosa chabola sino virtualidad pura sin soporte alguno. Municio propone la salvación. Basta con huir de la "vida vulgarmente real" y refugiarse en el paraíso perdido o creado o, como él dice, en la mentira, en la ficción o en la locura. Pero yo creo que ésa es la verdadera realidad que nos permite seguir viviendo. No veo las noticias, no soporto las catástrofes, hace siglos que no como bocadillos de sardinas en aceite y por lo tanto no existen. El artificio también es real. El pensamiento es la única ciudad habitable. ¿A dónde estoy llegando? Estos deben ser los jirones de un epigonismo platónico para quienes no nos conformamos con ver las sombras de la caverna. La propuesta de Carlos Garguiulo, a diferencia de las dos anteriores, la de Municio y la que acabo de añadir, sobre las que flota la sospecha de ser meros divertimentos sin carácter autobiográfico alguno, Garguiulo, digo, para crear la doble ficción de su doble página, no ha tenido más remedio que ver y vivir la realidad que representa, verla a través de su objetivo, convirtiéndola así en ficción, y vivirla desde el barco que se aleja. El lector-espectador que salta de un cuarteto fotográfico a otro y enseguida encuentra la salida, no se ha dado cuenta de que su yo virtual con ojos está realmente en el barco, alejándose de la ciudad, ya que el soporte de las imágenes es otra imagen que ejerce funciones de realidad, es el barco mismo desde el que apenas vislumbramos la cuidad sumergida en la niebla de la sobreexposición al revelado. Mario Pedrazuela evoca los tranvías de la infancia y, aunque no lo dice, en el fondo desprecia a quienes optan por tumbarse en la playa de Gandía cuando el calendario lo reclama. Mario supone que el mal nace de la ignorancia y de la envidia (y aquí aprovecho para decir lo que sigue). Quizás Mario ya sepa que cuando ambas se alojan en los intestinos de la cabeza de quien tiene cierto poder, se pueden cometer crímenes contra la cultura como el sucedido este verano en Madrid contra la obra de uno de los más geniales arquitectos de los últimos tiempos. Lo peor no es llevar a cabo semejante barbarie, sea por ignorancia o por venganza, sino justificarla cínicamente y simular un cierto arrepentimiento. Aquel edificio que quedaba a la derecha según se va a Barajas era un símbolo de modernidad y es posible que su demolición se haya hecho pensando, muy fundadamente, en dar gusto a una gran parte de la población. Estamos a finales del siglo XX pero cada vez hay más cavernícolas. Hoy he visto en la prensa magníficos edificios derribados por un terremoto. Han caído con estrépito y han matado a sus moradores. No me he enfurecido; he pensado en entristecerme cuando tenga un rato. Contra el destino no vale la furia. El edificio de Fisac se ha derribado limpiamente, sin daños personales, pero cuando lo supe estuve a punto de llorar. Pero yo sé que no soy peor que ellos. La tarde también es propicia para poner en práctica la quinta propuesta de Juanjo el Rápido. Prescindo de aplastar la nariz contra el cristal, por el qué dirán los vecinos, pero avanzo un poco más hacia la melancolía. Bien pensado, el mapa del tiempo de Juanjo no es más inverosímil que los que hacen los meteorólogos, y sus propuestas son mucho más provechosas y fiables. Otra vez ese neodadaísmo constante que consiste en huir. Si Dadá fue una huida hacia el absurdo desde el infinito absurdo de la Gran Guerra, los jóvenes de La Caja Negra huyen en desbandada hacia sí mismos, hacia la ciudad interior. Un fetichismo del que pocos estarán libres de haber estado tentados a practicarlo, es el que muestran los estratos fotográficos de Manuel Sesma. Él se da cuenta de que la gente se ve impelida a viajar a Gandía en el mes de agosto, pero tampoco sé si su inocencia juvenil ignora la verdadera intención del viaje. El objetivo no es descansar ni conocer personas, ni reconocer lo que ya se conoce por foto, comprobando que el accidente natural o el monumento es como debe ser, es decir, que no se desvía un ápice de la postal. El verdadero objetivo del viaje es contárselo a los amigos para que los corroa la envidia. Sesma esparce por la Caja los fetiches del viaje, grandes o pequeños, y las imágenes... Ya no puedo seguir. 23 de septiembre No hay duda, lo han dicho por la radio. Es mañana. He leído y visto el resto. El escrito de Rafael Cea es kafkiano, en cuanto que recuerda intensamente El Castillo. Hay que ver el éxito que tienen Kafka y Van Gogh entre los jóvenes. "El viaje imposible a la ciudad portátil", cuyo título me parece discutible en tanto que "portátil" significa fácil de llevar o transportar; debería llamarse la ciudad nómada, que además es una esdrújula más suave y no recuerda a algo tan poco kafkiano como el ordenador con el que escribo, al cual, por cierto, voy a preguntarle sinónimos de nómada. También sirven estos tres: errabunda, errátil, errante. Errabunda no suena bien. Errátil, demasiado metálico, aunque evoca el movimiento de los dibujos que ilustran en relato, en los que hay algo de retráctil, y también el arrastrase del reptil. Errante, perfecto. "La ciudad errante", parece un título que ya existiera. Lo que sí viene a ser una ciudad portátil es la propia Caja Negra, porque contiene varias ciudades que, en realidad, son todas la misma; y cabe en un bolsillo. Los anuncios de Pepe Murciego, me recuerdan ciertas manifestaciones del arte conceptual, aunque supongo que están sacados de la realidad. La realidad, no sólo supera a la ficción sino que es mucho más absurda: acabo de oír lo de Mario Conde. Conde y Gil son el rostro visible del fascismo que viene. Hablando de ficciones que superan la realidad, hace años, al salir de la Casa de las Alhajas de ver una exposición de objetos imposibles, entré en la cercana iglesia de San Ginés (A propósito, que todo el mundo se entere de que Ginés es un santo, no un instituto) bueno, y me topé con un artefacto de lamparillas de última generación que funcionaba introduciendo una moneda que encendía una vela eléctrica de lo más aparente, con su llama parpadeante y trémula. A lo que iba. Tanto el mádelman de Murciego como sus anuncios, vienen a ser una edulcorada descontextualización de la realidad a la que hay que suponer una inquietud social. Lo digo por lo de "VIVIENDAS PARA LOS SIN TECHO". Espero que este chico compre La Farola, aunque hay que reconocer que sería mucho más emocionante que la vendiera. Los criterios ortotipográficos de Moncada no me hacen ninguna gracia. O se respeta la norma o se pasa de ella por completo. Lo que no comprendo es que se utilice minúscula al comenzar un párrafo y después de punto, y luego se cierren los párrafos con un puntito redondo y pequeño como todos. Que yo para esto soy muy mirado. Además tendrá que justificarme el uso de párrafos alemanes sin sangría en la primera línea, que no está el patio para bromas. Una cosa es estar loco y otra molestar a los demás mientras disfruta en su retrete. El retrete le salva, no el llamado "inodoro" (que nunca he comprendido por qué se llama así), sino la propia palabra "retrete", enemiga de eufemismos foráneos o locales: Water, toilettes, lavabos, aseos... La próxima vez que vaya a un sitio fino preguntaré por el retrete (Sé que no lo haré. Ni siquiera preguntaré). La propuesta de Moncada es no moverse del retrete. Es otra manera de huir, de hacer el consabido viaje interior. Siempre es una ventaja para cuando le aten a la cama o le pongan la camisa de fuerza. Miguel Ángel de Frutos tiene colocada una cara debajo de la cabeza, como decía Ramón, lo cual me impide destrozarlo, cosa que, afortunadamente para él, no tenía ninguna intención de hacer. Además este chico me cae bien porque es artista, blanquito y no excesivamente atlético, como José María Parreño y como los Serranos, cosa que siempre reconforta y es de agradecer. Lo malo es que ellos seguro que saben nadar. ¿Y qué pasa con las fotos? pues que contrastan, sólo aparentemente, con lo dicho. Se llaman Ciudad deportiva I y II, pero ambas están bajo un cielo encapotado y amenazante, ambas estás vacías, desoladas, decadentes; la foto de la izquierda con una colchoneta-catafalco; la de la derecha parece un abandonado juego de pelota mesoamericano o el patio del penal de Santoña. Frutos ve los campos de deporte como campos de concentración y se acerca a ellos en el momento más triste del día. Lo suyo es como una venganza. Todo lo que llevo leído y dicho se presta a no ser entendido en su totalidad y a ser malinterpretado, oportunidades ambas que no deben desperdiciarse, ya que la tergiversación, la manipulación interesada o el simple falseamiento de su contenido, pueden contribuir a oscurecer más aún las claves de este discurso, si las tuviere, y a oscurecer asimismo la ya de por sí tenebrosa negrura de La Caja Negra. Esta es mi aportación al conocimiento de unos chicos y unas chicas que afortunadamente no son simples ni claros. Esta Caja es necesaria para una sociedad donde muchas personas públicas se empeñan, a golpe de repetición, en explicar lo elemental y lo evidente, porque eso es lo único que ellos entienden.

La Uña Rota. PRESENTACIÓN DE LA CAJA OBJETUAL

PRESENTACIÓN DE LA CAJA OBJETUAL EN EL PRIMER ANIVERSARIO DE LA EDITORIAL SEGOVIANA LA UÑA ROTA Yo, en realidad, venía a disculparme porque no he tenido tiempo para preparar esta presentación. Menos mal que, al comienzo de la Calle Real (yo creía que era para firmar contra la droga), estaban repartiendo (tal vez a ustedes también se lo hayan dado) un avance del primer número, de salida inminente, de la respuesta alternativa a LA UÑA ROTA. Por lo visto se trata de una manifesta¬ción más de la guerra mediática y de la sana y libre competencia que refresca el mercado editorial. Parece una propuesta mucho más fina, más tecnológica, más moderna y elegante que lo que aquí se presenta (no hay más que verles a ustedes, sentados en el suelo...), que parte de la nueva y flamante editorial LA UÑA ESCULPIDA. En fin, aprovechan¬do tan providencial encuentro, voy a leer algo de ese primer número, encuadernado en símil piel, (no sé dónde he dejado las tapas) que precisamente está dedicado a criticar la opción de LA UÑA ROTA. Creo que, a falta de otra cosa, alguna luz obtendremos sobre qué es lo que aquí se presenta. El prefacio de este primer número de EDICIONES LA UÑA ESCULPIDA anuncia que dedica su primer artículo a justificar la ocupación del espacio natural que les corresponde en el ámbito cultural de esta ciudad, haciendo una crítica constructiva y lo menos demoledora posible de la trayectoria ya demasiado larga de quienes tienen la osadía de presentar su nueva oferta en una galería de arte, introduciendo un nuevo elemento de confusión en sus ya de por sí indefinidos productos. ¿Son libros? ¿Son dibujos lo que quieren presentar? Si son libros, preséntense en una librería o club literario. Las galerías de arte están para cosas menos serias. Si son dibujos o grabados, cuélguense de la pared y basta. Pero... ¿con qué nueva elucubración nos amenazan los chicos de LA UÑA ROTA? Hasta aquí la introducción. El artículo en cuestión se titula: “LA ALTERNATIVA DE LA ALTERNATIVA: AQUÍ ESTAMOS LOS DE SIEMPRE”. Un año hace todavía que la editorial LA UÑA ROTA, que se hace llamar independiente, alternativa y marginal, inició su andadura en nuestra ciudad. Y ahora se le ocurre celebrarlo con la presentación de una extraña caja en la que lo mismo se pueden encontrar los libros ya publicados, que un conjunto de obra plástica. Poco serio. Estos chicos, desde el comienzo de su andadura, ya empezaron atentando contra las buenas costumbres y el orden establecido, publicando opúsculos de vario y difuso contenido, hasta que, osados, se lanzaron a la publicación de unos libritos que ellos mismos llaman "inútiles" y que se atreven a vender al precio de veinte duros. Cien pesetas no son mucho, pero ¿acaso se justifica su gasto en algo, no digo ya inútil, sino muy probablemente pernicioso y disolven¬te? Además ¿qué brillante futuro empresarial puede esperar a un grupo que, en la época de neoliberalismo, empieza engañando con tan tímida cantidad? Empresa¬rial¬mente hablando, no parece que puedan llegar a obtener subvenciones oficiales como las que ya disfruta, por ejemplo, LA UÑA ESCULPIDA, gracias a su más clara y ambiciosa definición comercial. Pero vayamos a los contenidos. El primer librito que publicaron y que ahora relanzan, obra de un tal Fito Merchante, que además era argentino, en vez de ofrecer buenos sonetos correctamente construidos con sus endecasílabos ritmados y rimados, presenta anárquicas agrupaciones de versos ora horizontales ora verticales, sin respetar márgenes ni sangrías, con las letras desparramándose por la página, cosa a la que ellos llaman poesía visual. La temática, no es curiosa ni entretenida como la de Zorrilla o Campoamor; donde esté El Tren Expreso... Es una temática complicada que habla de desgarro, de la fiebre del amor y del dolor de la existencia, cuando sin duda hubiera sido mucho más procedente un poema a la pampa o al gaucho matrero, ya que este señor era argentino. Qué decir del libro de Jesús Moncada, irónicamente titulado Escritos Higiénicos, cuando es verdad que la pulcra educación del que escribe estas líneas, le impide hacer una clara referencia al ámbito coprógeno de su temática sin experimentar un púdico rubor. A mi hijo tuve que quitárselo de las manos porque lo estaba leyendo con verdadera avidez. Menos mal que se puso a ver una tertulia televisiva de esas tan entretenidas y formativas. Del tercer librito, obra de un fotógrafo llamado Arcadio, cabe decir que más le valiera haber hecho honor a su nombre retratando ambientes rústicos y bucólicos, y no, por ejemplo, un señor tocándose la nariz en sabe Dios qué infecto barrio de París. Pero ¿qué necesidad hay de irse al extranjero? Mejor no hablar de los escritos que acompañan a las fotos, cuyo autor, José Antonio Gómez Municio, no conforme con recrearse en el pernicioso ambiente parisino, se permite citar a Rimbaud, extranjero, por supuesto, y en francés. Tal vez estos chicos no sean totalmente culpables, sino víctimas de la corrosiva influencia de algunos profesores que los lanzaron a las lecturas peligrosas y a la malsana curiosidad por lo desconocido. El que escribe sabe de buena tinta que todo este grupo tiene algún parentesco con aquellos franceses que fumaban opio, que bebían absenta, que tenían amantes mulatas, que olían el almizcle y de los que el tal Rimbaud es su digno príncipe. En el librito de Mario Pedrazuela y Carlos Matarranz se mezclan en sórdido contubernio los monstruos que afloran de una mente atormentada con la más sensual, sudorosa, jadeante, ah,... de las relaciones amorosas hechas poesía. Un espanto. Cosas semejantes, una verdadera cochinada, aparecen en el cuento desplegable de Ángeles Giménez y Pablo Prestifilippo, donde además se deja entrever un cierto rechazo a ciertas distracciones de interés general como el fútbol y a cosas tan sagradas como la televisión o la familia. Menos mal que se libran el municipio y el sindicato. Junto al receptáculo de los libros hay un elemento cargado de connotacio¬nes inconfesables: un papel higiénico enrollado en un lápiz; y lo peor es que dicho papel acoge otro poema que, como el lector ya podrá imaginar, dado el soporte, es obra de Jesús Moncada. El resto de los elementos nuevos se muestran en una bolsita transparente cerrada por una etiqueta con el logotipo de LA UÑA ROTA: "un boxeador", un logotipo a nuestro juicio discutible por su diseño pasado de moda y por la ideología peligrosamente violenta que transmite, con lo bien que se puede herir y matar con la palabra o con la firma, guardando las buenas maneras. Ante todo las buenas maneras. En el interior de la bolsa no faltan las sorpresas... no diré agradables, pero sí, al menos, sorprendentes. Hay desde un minúsculo librito hasta poemas únicos, pasando por un grabado en papel de gruesas texturas, fotografías, etc. No puedo dejar de expresar las justas objeciones a esta heterogénea amalgama. Las fotografías en blanco y negro, borrosas por los bordes, como si de una aparición se tratara, con paisajes desolados, no admiten comparación con las flamantes fotos en color de la playa de Benidorm que ofrecemos en este primer número de LA UÑA ESCULPIDA. Lo mismo cabe decir de los poemas; no están mal, pero los de nuestra revista son mucho más entretenidos: como que son de Alfonso Ussía, que tiene más renombre y es de muy buena familia. Respecto a la obra de Municio, ¿para qué quiere la gente una pieza única que es un fragmento de la totalidad repartida en el resto de las carpetas? ¿Es que los compradores van a quedar un día para juntar sus fragmentos a modo de puzle? No lo entiendo. Ellos a esto lo llaman arte conceptual. Donde esté un buen paisaje con sus ciervos y sus riachuelos... El continente globalizador, la caja-carpeta, idea de Daniel Sesma, con un núcleo de cartón tan ordinario como una obra de Tàpies, está forrada de un papel ciertamente marmóreo, con dibujos en oro y plata, obra de Mariano Carabias, todos distintos, en los cuales, dada la formación académica del que escribe, lo que más luce es el oro. La caja se cierra con unas cintas como los expedientes de mi tío el notario. Pero ¡qué decir del envoltorio! Hubiera sido preferible un papel de regalo de vistosos colores, con una etiqueta de esas de "espero que te guste" tan ocurrentes y originales, y no la ordinariez del cordelito y el plomo, como si fuera a mandarse por correo. Pero quizás lo más osado de estos chicos tan raritos es lo de presentar la dichosa caja-cosa-carpeta-libros-dibujos en una galería de arte. Claro que la tal galería no es otra que la llamada Casa del Siglo XV, que desde que la fundaron no ha hecho más que exponer cosas extravagantes. Siempre que surge algún artista de estos que llaman o que llamaban de vanguardia, allí están los hombres del siglo XV dándoles pábulo, fomentando todo lo que huela a disolvente. En fin, estos chicos de LA UÑA no sé qué objetivo tienen en la vida. En lugar de estudiar para labrarse un buen porvenir y emborracharse los fines de semana, en vez de relacionarse con los demás chicos en los locales de máquinas recreativas, se dedican a estas cosas plástico-literarias, carentes de claros objetivos económicos. No sé si no acabarán también en Quitapesares. Para la tranquilidad de toda persona bienpensante, creemos que la tirada de este primer número de LA UÑA ESCULPIDA ha conseguido adelantarse a la presentación de su inútil cajita. No cabe esperar gran cosa de dicha presentación, pues sabemos que la persona encargada de hacerla, un tal Mazariegos, no dispone de mucho tiempo para prepararla.

lunes, 31 de octubre de 2011

Jesús Mazariegos. DISCURSO DE INAUGURACIÓN DE LA GALERÍA CLAUSTRO

Palabras pronunciadas por Jesús Mazariegos en la inauguración de la Galería de Arte Claustro, el día 13 de diciembre de 2003. El la mesa estaban también, Silvia Clemente, Ana Martínez de Aguilar, Begoña Vega y Tomás Rivilla. A todos los que estamos hoy aquí, en mayor o en menor medida, nos une el interés, la afición, o el amor al arte. Habrá quien haya venido por compromiso, pero seguro que con la esperanza de conectar. Así pues, el que más y el que menos tiene un punto de artista o de poeta que igual da; el que más y el que menos puede llegar a desear de una forma irresistible la posesión de un objeto artístico, de un cuadro. Porque el amor al arte es un amor posesivo y antiguo, un amor fetichista en el que uno siempre ejerce el papel de consentido esclavo. Sin embargo, no siempre la inmensa mayoría ha podido tener acceso, ya no a la posesión sino a la simple contemplación de las obras de arte. El siglo XVIII trajo la liberalización de la contemplación con los Salones, los cuales darán lugar a comentarios de los que surgirá la crítica de arte. El acceso a la posesión de obras de arte, fue, hasta el siglo XIX patrimonio exclusivo de los poderosos, y el arte un instrumento de poder y de doctrina. Ya entrado el siglo, el día en que Courbet, montó su tenderete en el que exponía sus obras sin reservarse el derecho de admisión, ese día cambiaron las cosas entre el arte y la inmensa mayoría. La actitud de Courbet dará paso, con los Impresionistas, a un nuevo tipo de relaciones entre el cliente y el artista, que pasarán de ser personales a ser anónimas. El artista ya no responde al encargo sino que pinta, libremente, lo que le apetece. Nació el mercado artístico propiamente dicho y el arte se convirtió cada vez más en un fenómeno impregnado de libertad. En honor a la verdad, hay que decir que antes que Courbet, fue David quien expuso al público su Rapto de las Sabinas, cobrando un franco, si mal no recuerdo, y el público acudía en masa, motivado por el deseo de ver a una célebre actriz algo entrada en carnes, a la que David había retratado como mater nutricia. La recepción visual de los generosos pechos de aquella actriz constituía un pequeño y primitivo placer, al fin y al al cabo susceptible de ser superado por la contemplación del mismo motivo en su turgente y palpitante realidad. Pero cuando lo que se quiere contemplar es el arte, el placer que promete es de esa clase de placer asociada al desciframiento de un enigma o a la coronación de una empresa. Hay que pasar primero por una dura prueba que supone de esfuerzo y abnegación, una prueba que, una vez superada, nos hace cambiar de vida. Asistimos hoy a un acontecimiento relacionado con la contemplación y con el mercado del arte, fenómenos que chocan con el abismo existente hoy día entre el arte actual y la sociedad. Ya que parece que, en esta ocasión, debo hablar como crítico, entendiendo yo que el crítico es, un poco, el puente que ayuda a salvar ese abismo, el mediador entre la obra y el espectador, el intérprete que traduce las formas a palabras, me parece adecuado que el público, sepa un poco de ese extraño oficio que es la crítica de arte y de ese raro personaje que mira los cuadros como si leyera en un libro abierto, como si los entendiera. De entrada diré que ni siquiera considero el triste fenómeno del crítico críptico, cuyo oscuro lenguaje y cuya incomprensible jerga, más que puente le convierten en infranqueable muro que nos cierra aun más el acceso hacia la comprensión de la obra de arte, y, desde luego nos enemista con la crítica. Hablaré, digo, desde mi posición de crítico, que no es más que una posición, ya que uno no se hace crítico aprobando una oposición, ni existe el título de tal, ni se estudia en parte alguna, por lo que no ha de extrañar que entre tales críticos abunden los farsantes y sean una especie social mal vista y envidiada sotto voce, solo por la posibilidad que tienen de poner a escurrir al primer artista que se cruce en su camino, cosa que a todo el mundo le gustaría poder hacer, pero sin restricciones, extendiendo la condición de artista a toda la humanidad, que, al fin y al cabo, es lo que proponía Duchamp. El crítico, ciertamente, tiene un determinado poder que le obliga a ejercer su ministerio con libertad, con responsabilidad, y con cierta dosis de benevolencia. Esa cabeza prodigiosa que es Ángel González García, en un artículo algo cruel con los artistas, aunque menos desconcertante de lo que acostumbra, decía que las obras de algunos pintores, lo más imaginativo que tienen es el precio, pero bien se le puede consentir porque , inmediatamente, volvía el sarcasmo contra sí mismo: cuando uno no sirve para nada, se hace pintor, y si ni siquiera sirve para pintor, se hace crítico. En otro pasaje Ángel González García, decía irónicamente: Si eres crítico, haces una crítica de una exposición y pones al pintor por las nubes, el pintor dirá que no le has puesto suficientemente bien y que no has expresado con claridad esto y que no has acabado de entender aquello. Y si le pones mal, lo que pasa es que no tienes ni la menor idea de lo que es la pintura. Robert Hughes, el crítico más famoso del mundo, americano nacido en Australia, que publica en la revista Time, tabajaba en un periódico, donde se encargaba de la sección de deportes, hasta que un buen día se puso enfermo el encargado de escribir sobre las exposiciones. El jefe invitó a que alguien a reemplazarlo por unos días y ahí le tenemos. Las publicaciones de las recopilaciones de sus críticas se han convertido en best sellers. Por otra parte, conocida es la leyenda de que los críticos somos pintores fracasados, lo cual es menos malo, creo, que no haber tenido nunca un pincel en la mano, cosa, por otra parte, inocua. Si para ser crítico hubiera que ser pintor, no habría críticos sino pintores que escribirían crítica, lo cual podría convertir el género e un arma de doble filo. Creo sinceramente que la palabra “crítico” puede que en determinados casos y momentos, tenga sentido, pero ahora mismo, además de ser palabra antipática, no responde a la realidad. Sería más adecuado algo que significara “mediador entre el artista y el público, o entre la obra y el público. El crítico frecuenta a los artistas y acaba siendo amigo de los artistas, generalmente de los artistas en los que cree y a los que apoya. Por otra parte, el crítico, aunque sea o pueda ser historiador, cuando hace de crítico no hace de historiador. El crítico no es un científico y no trabaja con la objetividad como horizonte. En cierta ocasión, en una sala de exposiciones, oí decir a alguien que lo que tiene que hacer un crítico es ser objetivo. Nada más lejos de la verdad y pocas cosas más imposibles. Si Diderot dejó muy claro que la crítica no es una ciencia exacta sino un juicio subjetivo y pasajero, una impresión fugaz, Baudelaire va más allá afirmando que la crítica tiene que alser parcial, apasionada y política. Baudelaire entendía la crítica como convertir el entusiasmo en sabiduría. No es que quisiera saber más sobre la obra sino, comprendiendo el arte y comprendiendo al artista, saber más de sí mismo. El crítico no es ningún juez que determina lo que está bien y lo que está mal, es más bien un intérprete. El crítico señala un camino que el propio lector ha de seguir. El crítico de arte, que siempre ha de tener algo de artista, transmite al público las razones del artista, intenta derribar el muro invisible que hay entre la obra y el espectador y sacar a éste de su pasividad. Si lo que se quiere es que la obra de arte saque al público de su indiferencia, el crítico tiene que empezar motivando a ese mismo público con su palabra escrita. De algún modo, eso es lo que vengo intentando desde hace un rato, esta vez hablando. Muchas gracias.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Presentación del libro "Rafael Baixeras. 1947-1989"



Francisco Calvo Serraller, Atilano Soto, Jesús Mazariegos
y Ana Martínez de Aguilar

Intervención de Jesús Mazariegos en la presentación
de su libro Rafael Baixeras, en el auditorio del
Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente,
el día 7 de Noviembre de 2002

Buenas tardes a todos. Antes de nada quiero dar las gracias al Presidente de la Diputación, Atilano Soto por..., al profesor Francisco Calvo Serraller por... , a la Directora del Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, Ana Martínez de Aguilar, por..., y a todos ustedes por estar hoy aquí.
Este es, sin duda, un momento muy especial en mi vida, no sé si porque se presenta un libro mío o si por estar rodeado de tanta gente querida. Lo que voy a leer, empieza con una pequeña historia que he titulado "Brevísima historia de los breves y felices momentos en los que la tortuga fue por delante de Aquiles y Mazariegos derrotó a Saturno (temporalmente)".Y sigue con una historia de diez años que culmina en el día de hoy, aquí y ahora.
Es bien conocida la aporía de Zenón de Elea según la cual, Aquiles corre tras una tortuga y, aparentemente, nunca la podrá alcanzar, puesto que, mientras Aquiles recorre la distancia que le separa de la tortuga, ésta habrá recorrido un pequeño espacio. De nuevo, cuando Aquiles llegue donde estaba la tortuga, ésta ya no estará ahí y se habrá movido, aunque sea poco. Y así sucesivamente.
En el margen de una de sus últimas obras, consistente en un rectángulo que es como una ventana a la nada, Baixeras dibuja la historia de Aquiles y la tortuga, tal vez jugando a cuestionar la posibilidad de ser alcanzado por la muerte, dejándose tentar por la mentira de Zenón, ignorando voluntariamente lo que la cinemática, el cálculo infinitesimal y el sentido común tienen resuelto hace tiempo: que Aquiles alcanza a la tortuga de modo tan inexorable como la muerte alcanza a las personas, por mucho que negociemos con ella.
Un trato semejante mantengo yo cada día con el tiempo y la oxidación neuronal, y medio me creo el espejismo de seguir aquí y de estar hoy como ayer, y huyo inútilmente hacia adelante, perseguido nada menos que por la misma lentitud. El planteamiento matemático de mi problema vital no es exactamente igual que el de la tortuga. ¿Conseguiré llegar a un punto cuya distancia y cuya situación ignoro, si cada día mi caminar, mi escribir, mi respirar y mi acariciar son más lentos, en una progresión difícilmente evaluable pero cruelmente persistente? Es posible que en esta ecuación falten datos y sobren incógnitas. Mucho mejor.
De momento hay que conformarse con las victorias parciales, como la que hoy celebramos. Saturno ha sido vencido como usurpador de momentos y de días, como devorador de cuerpos y torturador de almas. Hemos vencido al tiempo y a la tristeza. Ha sido mucho tiempo pero, ahora que lo digo, no me parece tanto. Si veinte años no es nada y nuestras vidas duran el tiempo que Aquiles o la Parca tarda el alcanzarnos, este libro se ha hecho en un suspiro. Todo es tan relativo... Sobre todo, el tiempo. Cosas de Bergson ("este Bergson es un tuno...", decía Machado). Incluso todo lo dicho hasta ahora también es relativo. Comprobémoslo viendo lo que dura el proceso que ahora concluye y recordando algunas fechas:
Rafael Baixeras muere el 25 de noviembre de 1989.
A primeros de febrero de 1993, Andrea, hija del pintor y alumna mía de Historia del arte, me trae una invitación azul.
El 6 de febrero de 1993 se inaugura en Segovia la triple exposición retrospectiva organizada por sus familiares y amigos con el apoyo de las instituciones. Asisto a la inauguración, escucho los discursos de Xavier Rodríguez Baixeras y el improvisado de Atilano Soto que ha abandonado un acto institucional en Madrid. Descubro su fluido verbo.
Estoy en la Sala de la Biblioteca del Torreón de Lozoya, en el pasillo de la izquierda, apoyado en la pared. Hacía cuatro o cinco años que yo había abandonado mi proyecto de tesis doctoral sobre el taller de Alonso Berruguete y me dedicaba a adquirir conocimientos sobre arte contemporáneo. De pronto veo a Baixeras como un posible tema de tesis, pero no sé si estoy preparado, no conozco su obra. Me entra una especie de emoción a medio camino entre la ilusión y el pánico, pero lo veo cada vez más claro.
A la semana siguiente acudo a ver a Francisco Calvo Serraller y acepta el tema y ser mi director de tesis. Me deja hacer y me dice cosas sencillas pero reveladoras. Por ejemplo: usa el sentido común, a quien no se le entiende lo que escribe es porque no sabe escribir, ¿que cómo me organizo para hacer tantas cosas? No hay ninguna fórmula, sólo sufrir.
Comento mi proyecto a Eloísa Sanz y, a las pocas horas me llama Mon Montoya entusiasmado. Aquella llamada fue fundamental. Gracias Mon. Hablo con Teresa y pone el estudio a mi disposición. Docenas de veces acudiré a Tizneros provisto de fichas y de cámara fotográfica. Voy acumulando datos e imágenes.
En Mayo se inaugura la retrospectiva de Vigo y en Junio la de la Coruña. En Vigo me presentan como el experto en Baixeras pero todavía no sé nada. Por la noche, en el hotel, tengo pesadillas.
Debo hacer de nuevo el Doctorado. El que hice en el 75-76 se ha devaluado. Me matriculo en lo que ahora se llama Tercer Nivel. La chica de la ventanilla me mira como si yo viniera del Paleolítico Inferior. Acudo durante dos cursos a las clases de Doctorado. Unas veces me doy cuenta de que soy mayor y otras me siento pequeño, como el día que llegué tarde a la clase de Julián Gállego, maravilloso profesor que, alertado por el chirriar de la puerta, dejó de explicar y me siguió con la vista hasta que encontré un asiento a escasos centímetros de él, justo delante. Aquello de volver a ser alumno, fue un buen ejercicio de humildad para un profesor.
Antes y después de las clases acudo a la Biblioteca Nacional, y a las hemerotecas Nacional y Municipal, donde no consigo ligar ni siquiera un poquito, ni una sola vez. Tampoco puse demasiado empeño. Empiezo a hacer entrevistas. Sigo acumulando datos.
La gestación de la obra va surgiendo como un puzzle. Desde un cúmulo informe de datos y de imágenes, descubro al personaje, separo los periodos, distingo los temas, detecto las constantes, en un apasionante proceso cargado de dudas y de cambios, hasta dar paso a los descubrimientos, al encaje de las piezas y a las conclusiones.
El curso 95-96 obtengo una licencia por estudios que me compensa moralmente de todas esas cosas que no sabes realmente por qué las haces, y me permite redactar la tesis de un tirón, aunque me ocupa también el verano y parte del curso siguiente. El primer día de redacción, era tal la presión que sentía sobre mí que no fui capaz de escribir más de media página. Luego fui cogiendo fluidez y confianza hasta escribir como si alguien me estuviera dictando. Lo mejor era cuando llegaba a escribir cosas que me sorprendían a mí mismo.
La tesis la defiendo en Marzo de 1997 y poco después  presento el texto a la Diputación de Segovia para su posible publicación.
En septiembre de 1999, por iniciativa de Miguel Fernández Cid, Director del CGAC, se inaugura la gran exposición de Baixeras en Santiago de Compostela, y en enero de 2000 la muestra viene a este museo.
En esos días recibo una carta de Pompeyo Martín en la que me comunica la decisión la Comisión de Publicaciones de la Diputación de dar mi trabajo a la imprenta. Mi empeño en que el libro cuente con un elevado número de ilustraciones, obliga a buscar más entidades que colaboren en la edición. Se unen al proyecto Caja Segovia, el CGAC y los ayuntamientos de Segovia y la Puebla del Caramiñal.
Comienza un proceso de reestructuración del texto. Hay que aligerarlo, corregirlo y pulirlo, eliminar parte del aparato crítico, ciertas exigencias académicas y no pocos párrafos. El texto cambia también en función de las más de quinientas imágenes que se van a incluir, debiendo relacionarlas con sus pies y números de llamada. Incorporo los nuevos eventos expositivos, a veces al hilo de lo que iba sucediendo.
El resultado es este libro. Pero mi esfuerzo ha dado fruto gracias a la colaboración de muchas personas más. Aunque es imposible nombrarlas a todas, quiero mencionar los nombres de algunas para agradecer muy sinceramente la colaboración y el aliento que de ellas he recibido.
Gracias al Presidente de la Diputación de Segovia, Atilano Soto, por el sostenido y decisivo impulso que ha dado a esta publicación, volcándose desde el primer momento hasta el final.
Agradezco a mi querido maestro, Francisco Calvo Serraller, todo lo que me ha enseñado, desde que fuera mi profesor en 1973. Veinte años después, Baixeras hizo que nos encontráramos de nuevo, y ahora, esta casa se ha convertido en motivo y lugar de nuevos encuentros. Gracias por el bello gesto de acudir hoy aquí para regalarnos no sólo su sabio y sugerente discurso, sino también para dotar a este libro de la solidez que este espaldarazo supone.
Quiero también dar las gracias a Ana Martínez de Aguilar, Directora del Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, por la hospitalidad con la que hoy nos acoge. Ella sabía, sin decírselo, que este era el lugar con el que yo soñaba para esta ocasión.
Hay una persona que no ha podido venir, pero yo sé que en este momento el director del Centro Galego de Arte Contemporánea de Santiago de Compostela, Miguel Fernández Cid, desde Valencia, está pensado en nosotros. En su nombre nos acompaña su brazo derecho, Elena Fabeiro.
Agradezco la presencia de todos los que habéis venido, a las autoridades, al Subdelegado del Gobierno y a mi compañero en la docencia el Delegado de la Junta de Castilla y León, Javier Santamaría.
A la familia de Rafael Baixeras y a la mía, no les agradezco que hayan venido porque eso es exactamente lo que tienen que hacer. Faltaría más. Me hace muy feliz que hoy también estéis conmigo.
A todos ustedes, o a todos vosotros, gracias también por estar aquí. Gracias a todos lo que hubieran deseado venir pero el trabajo o la distancia se lo ha impedido.
Algunos de vosotros, familiares y amigos que os habéis acercado a Segovia, compañeros y compañeras de trabajo del Instituto Giner de los Ríos y algunos más, nos conocemos desde antes del 1993.
A otra buena parte os he ido conociendo a partir de febrero de aquel año, es decir con motivo de mi dedicación al estudio de la obra de Rafael Baixeras. Hoy ya, los de la parte de Baixeras y los de la parte de Mazariegos somos los mismos. Gracias a muchos de vosotros pude yo meterme en el hombre y en el artista, casi como si le hubiera conocido.
Fue también Rafael Baixeras quien me puso en el camino del ejercicio de la crítica de arte, que escribo en El Norte de Castilla y que me ha llevado a conocer a tantos artistas que estáis hoy aquí.
No quiero olvidarme de los que, habiendo sido mis alumnos, conserváis la adicción a la droga del arte contemporáneo, en la que yo os inicié, y perseveráis en ello hasta haberos llegado hoy hasta aquí.
En un momento como éste, en el que el fruto de tantos esfuerzos se hace visible en unas cuantas hojas de papel que, juntas y ordenadas, forman eso que llamamos libro, me doy cuenta de que éste no es el único fruto de mis vigilias, ni tal vez el mejor. La recompensa a tanto esfuerzo hace tiempo que la disfruto y espero seguir gozándola en lo sucesivo, porque estoy hablando de la amistad de todos los que estáis aquí, de vuestra cálida, cercana y sincera amistad.
Quiero mencionar algunos nombres más: A la esposa de Rafael Baixeras,       Teresa Fernández de Castro; a sus maestros: Emiliano Alvarado y Alberto Datas; a sus amigos desde la adolescencia: Carlos González Maseda, Fernando Albertos, Fernando Gómez Sancho y José Luis Vázquez; a sus amigos artistas: Alfredo Aguilera, Antonio Madrigal, Domiciano Fernández, Eloísa Sanz, Fernando Bermejo, Fernando Sánchez Calderón, José María García Moro, Luis Cruz Hernández y Mon Montoya; a sus alumnos: Antonio Páez y Paulino Seisdedos;
A los coleccionistas y amigos: Álvaro Gil Robles, Antonio Ruiz, Fermín González Sebastiá, Fernando de Antonio (autor de la foto de la portada) y Victoria Armentia. Los galeristas, siéntanse todos representados en los nombres de Pilar Rodríguez Soto, de la Galería Fauna's, de Madrid y en Ángel y Jesús Serrano, de La Casa del Siglo XV, de Segovia.
Ya en la fase de elaboración del libro, en los primeros pasos me ayudó Christian Hugo Martín. La maquetación la ha hecho muy bien Mariano Carabias. En el las relaciones institucionales me he sentido especialmente bien tratado por Malaquías del Pozo, Emilio Lázaro y Jesús Sánchez; y en el proceso de edición, por Jesús y Pedro Postigo.
En las relaciones con mi propio texto, a lo largo del proceso de adaptación, llegué a perderme en un piélago de criterios cambiantes a causa de mi fragmentada dedicación. Preso de mi subjetividad y mi cansancio, el tiempo avanzaba y la insidiosa lentitud amenazaba con alcanzarme inoculándome el veneno del desánimo. Necesitaba que alguien familiarizado con el arte contemporáneo, con mente clara y buen criterio, que me ayudase a resolver los problemas a un ritmo razonable. Inmaculada González no sólo se adaptaba al perfil sino que estaba dispuesta a ayudarme sin tasa de esfuerzo ni de tiempo. Si su ayuda es impagable, aun aprecio mucho más su amistad.
Y cada día y cada hora, antes y después, una mujer ha dispuesto, sin yo apreciarlo apenas, las cosas necesarias para que mi camino sea más llano y más recto. Ha soportado mis evasiones y mis olvidos y ha sufrido mil soledades, siendo capaz, además, de ayudarme y darme ánimos, haciendo posible que hoy yo pueda estar aquí con los frutos de su ayuda. Ella es mi esposa, mi mujer, mi compañera, Mari Carmen León, centro de ese universo en el que encaja mi vida, actividad intelectual incluida. Gracias Mari Carmen.
A ella y a mis hijas María Elena y Marina, les he robado un tiempo de convivir y compartir que nunca les podré devolver. No sé si este momento o si este libro podrán compensarlo en alguna medida. Otras muchas personas han estado pendientes de este trabajo durante demasiado tiempo y me han animado de mil maneras; sus nombres no los he pronunciado, pero su palabra, su gesto y su mirada también los guardo en mi corazón. Nada más. Muchas gracias.